27 nov. 2015

Aquel lugar infinito donde el Ser hace posible la intensidad del tiempo y la infinitud del alma.

Aquel lugar donde sin carácter aprendemos todo y sin libertad somos lo que debemos ser.

Ese infinito donde no somos nadie sin el ser que nos acoge, sin la matriz que nos alimenta, sin el sostén llamado útero de nuestra existencia.

Ahí somos y nada a la vez, o tal vez siendo nada es que somos, y no somos ni conciencia ni extravío. Sin fugaces sombras de pensamiento ni locuras asociadas a los sentimientos. Es una transformación en un abrazo de dos seres en una cámara que da vida, que no la quita, sino que la enciende.

Fugaz ese tiempo eterno de nueve meses, fugaz para el ser que duerme en el eterno, que viene del Padre, que emana de la vida.

Ahí donde el tiempo no es tiempo sino para el que espera, ahí donde nada nos perturba sino el silencio, ahí estamos construyendo nuestra muerte y el dolor de la separación de un evento eterno.

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